No le hace bien al campeonato ni al fútbol argentino que Boca y River lleguen tan deshilachados al clásico del próximo domingo. Siempre es bueno que uno, o los dos en el mejor de los casos, marque tendencia, se muestre pujante y sea una de las referencias del medio. Y esto no significa menospreciar al resto de los equipos, quitarles importancia o desconocer sus méritos y progresos, también necesarios para medir la salud general de la competencia. Se trata de reconocer la responsabilidad y los desafíos que tienen Boca y River como locomotoras de nuestro fútbol. Más allá de la actualidad de ambos, no habría que apurarse en asignarle por anticipado al partido la condición de intrascendente o devaluado. Boca llega en una situación muy similar a la del anterior Apertura: está a ocho puntos del líder, Vélez; en aquella ocasión la brecha de ocho unidades era con San Lorenzo. La diferencia es que hace seis meses, entre Boca y el puntero había cuatro equipos; ahora son nueve los que lo separan de lo más alto.
La comparación entre un certamen y otro favorece a River en lo matemático, aunque el diagnóstico futbolístico, lo conceptual, es igual de sombrío. En octubre pasado, a las alturas del superclásico, River ya empezaba a sentir el sabor agrio del fondo de la tabla: estaba penúltimo, en pleno viaje descendente hasta lo más bajo. El 1 a 0, con gol de Viatri, lo aplastó un poco más. Ahora aparece a cuatro puntos de Vélez, aunque su rendimiento no entusiasma a nadie.
Por estas horas, los dos están en deuda. River sigue sin encontrar un equipo fiable y Boca no hace realidad aquello de que cuenta con un plantel para armar dos formaciones igual de competitivas. Es cierto que ahora ambos destinan esfuerzos a la Copa Libertadores. En octubre, los dos se encontraron tras superar los octavos de final de la Copa Sudamericana, que no les demandaba tanta energía.
1 comentarios:
Muy buen post!
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